OPINIÓN

Destapes y Desilusionados: La Chimoltrufia Política en Jalisco

En los andares de la política, la congruencia a menudo es la moneda más escasa. Como en aquellos episodios de la Chimoltrufia, así nos encontramos en Jalisco: entre destapes que más parecen reencauches y declaraciones que se diluyen como sal en agua. Nuestro líder alfarista, ese que anunció con bombo y platillo su adiós a las lides electorales, resulta que no se va tan lejos como pregonaba. Se queda, y no solo eso, sino que, en un giro que no sorprende pero sí desilusiona, lo hace desde la mismísima Casa Jalisco, haciendo del interés partidista un asunto de Estado, literalmente.

El Movimiento Ciudadano, o mejor dicho, el Alfarismo, no parece ser más que las siglas de un culto a la personalidad. ¿Qué mejor prueba de ello que el propio gobernador anunciando candidaturas como si repartiera favores en una fiesta privada? Y en horario de oficina, en el epicentro de la gestión pública, por añadidura. ¿Desde cuándo la casa del pueblo jalisciense se convirtió en el escenario de tales telenovelas políticas?

Lo que vemos no es sino el reflejo de una soberbia que parece no conocer límites. Alfaro, en vez de garantizar un proceso legítimo, limpio, juega a ser juez y parte, olvidando o ignorando que su figura, no precisamente en su mejor momento de popularidad, puede ser más un ancla que un motor para sus ungidos.

Asistimos a un espectáculo que ni los autores del viejo dedazo priista hubieran osado llevar a cabo en la residencia oficial. Casa Jalisco no es estudio de televisión donde se rueda una serie de intrigas palaciegas. O no debería serlo. Pero aquí estamos, viendo al Gran Elector del MC bendecir a sus elegidos, un guion que ni el Tlatoani del México Antiguo hubiera soñado.

¿Qué tan bajo hemos caído cuando lo antidemocrático no solo se practica sino que se celebra y publicita? Se esperaba más. Más respeto, más decencia, más democracia.

Pero la crítica, aquella opinocracia que durante años señaló con dedo flamígero la falta de decoro en el ejercicio del poder, parece ahora sumida en una ceguera selectiva. Condenan a unos, aplauden a otros, según sople el viento de sus preferencias.

En este teatro de lo absurdo, al final, el que menos brilla es el candidato mismo, sea Frangie, Delgadillo, Quirino o el mismísimo Pablo Lemus que debería estar ungiendo a su equipo, todo es opacado por la figura omnipresente de un gobernador que, a pesar de sus promesas, no puede resistirse a ser el protagonista de una historia que ya no le pertenece.

Tal es el cuadro que nos presenta la política en Jalisco. Un ciclo que no termina, sino que se disfraza de nuevo comienzo. Y así, mientras unos se destapan, otros se desilusionan pues se dan cuenta que solo fueron comparsas de un juego en el que nunca tuvieron oportunidad y solo fueron usados.

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